Cabal
Género: Shoot'em up Música: Keith Tinman
Desarrollado por: Ocean Año: 1989
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Que nadie se tome la siguiente anécdota a mal (ni tampoco "a bien", no sé si me entendéis... bueno, igual ya me entenderéis después de leer la macana irreverente, irrestricta, irredenta e irreductible que, una vez más, tengo la grandísima desfachatez de encasquetaros, por el mismo precio). Hace unos años, campaba yo con unos amiguetes por los aledaños de Oxford. Sí, la mítica ciudad universitaria británica (que, tengo que decirlo, es sencillamente PRECIOSA; una de las poblaciones más agradables que he visto nunca... y además, cosa que quizás sorprenda a más de uno, llena de gente afable y abierta). En una de nuestras tertulias en pitinglis chapucero (al menos, el mío), le pregunté a uno de nuestros cicerones: 

-Oye, Tom-que así se llamaba nuestro amable inglesito, de lacias guedejas rubias y color de piel rosita pálido (qué salmonetes son, los pobres)-¿por qué los ingleses odiáis a los españoles?
Tom sonrió y, haciendo gala del mítico humor británico (que, aunque no os lo creáis, existe... eso sí: se esconde estupendamente, el jodío, porque ¡anda que no cuesta encontrarlo! -a veces, ni aún cuando uno está ante él lo reconoce-), vino a decirme algo así como:
-No odiamos a los españoles. Odiamos a todo el mundo.

Vaya por delante que nuestro guía no es lo que uno imagina cuando alguien pronuncia la palabra "hooligan". Al contrario. Era un tipo de lo más divertido y agradable, que no sólo no tenía el menor inconveniente en pasar gran parte de su tiempo libre con una panda de españolitos (... ahora que lo pienso, igual era por las dos españolitAs que venían con nosotros y que estaban bien ricas, jejeje) despistados, sino que daba muestras de disfrutarlo sinceramente.

¿Un tanque y un helicóptero de combate? ¡Bah! ¡Pan comido! Vale. Tom tuvo mucha gracia en su respuesta. Y no le faltaba parte de razón. Me recordó a aquella célebre noticia que supongo que publicaría en primera plana alguno de los muy sensacionalistérrimos periódicos de las islas de su chistosísima majestad. Resulta que una terrible tormenta de nieve, que se abatía sobre Europa, había forzado a cortar las comunicaciones en el Canal de la Mancha. 

Bueno, pues el diario amarillentísimo posiblemente editado con la egregia venia de su cachondísima majestad, titulaba tal que así: "Feroz tormenta sobre el Canal de la Mancha. EL CONTINENTE AISLADO". Hala. Con dos cojones.

El caso es que esa especie de tirria secular que los anglosajones nos han tenido a los españoles (y que, digo yo, igual viene de la época en la que Francis Drake, una vez más con la anuencia y, es más, el aplauso de su zangolotina majestad, hacía gala de su valor de bucanero sanguinario pasando a cuchillo a las tripulaciones de nuestros barcos, cuando volvían de allende las Indias cargados con verdaderas fortunas) no se limita a nosotros. Se nos suele aplicar un tópico tan injusto como todos los clichés que en el mundo son. El latino europeo en general y el español en particular, es un flojo. Parece que aquí vivimos durmiendo la siesta debajo de un cactus, tocando las castañuelas en nuestros abundantísimos ratos libres y, en general, comportándonos como los inventores del concepto de República Bananera, que encima, luego tuvimos la indecencia de exportar a ultramar. Ajá. Un tópico injusto sí... tan injusto como los que nosotros les aplicamos a ellos. Insisto: los inglesitos no son tan malos después de todo. Hay mucha buena gente por allí. Y también mucho impresentable orgullosísimo. En todos lados cuecen habas. Es lo que se llama ser Humano, ya saben ustedes.

Bueno, pues sí, la opinión que los anglosajones tienen de España suele ser de uno de estos dos tipos:
a) Nefasta.
b) Inexistente. 
Imagínense ustedes. 

Así que quizás por eso, se entiende lo que ocurrió cuando, allá por los 80, Dinamic decidió aportar su granito de ... erm... silicio, a la montaña descomunal de los topicazos simplificadores y pueriles acerca de los que paseamos muy a gusto sobre este bendito pellejo de toro, comercializando un jueguecito titulado "Olé, toro" (desde luego, el nombre no podía ser más digno de tenderete mojaquero -provincia de Almería- para guiris alemanes ociosos). Bueno, pues a pesar de que la pavadita era razonablemente entretenida y técnicamente no estaba del todo mal, hubo una revista británica (quizás comercializada ¿cómo no? merced a la magna aprobación de su siempre cuchipandísima majestad) que la calificó con un CERO PATATERO, clamando al cielo por lo inhumano, primitivo, tribal y sangriento de la tradición que en él se mostraba. Vale. Aunque a mí no me gustan los toros (al contrario que a las vacas), la postura de la revista en cuestión me parece de una PAPANATEZ inconmensurable. Porque luego uno se topa con multitud de títulos en los que el protagonista es un cachalote inflado a base de esteroides anabolizantes, que esgrime una ametralladora del porte de los cañones del Bismark y agujerea el body a cientos de personas. Que, hasta donde yo sé, es una cosa bastante más fea que clavarle un par de pinchos a un "astado". 

Es que, si te paras a pensar y a prohibir... perdón, si te paras a prohibir (a secas) juegos basados en nuestra Fiesta Nacional, ¿qué hace que te detengas ante una salvajada como la que nos ocupa? ¿Solución? No prohíbas, anda.

Cabal es una salvajada, sí señor. Como tantos otros "shoot'em ups" de guerra que se lanzaron en la historia del C64 (curiosamente, ahora que caigo, en una gran proporción venían directamente de las recreativas). Si uno decide que esto no es un juego, que es algo más serio... yo le recomendaría una visita al loquero más conveniente, porque ya en la infancia más tierna (más que eso: fláccida y fofa) uno va aprendiendo intuitivamente a distinguir entre realidad y ficción.  

No sé si os acordáis de la maquinita original. Era una pavada de mátalo-todo tan poco original como la aplastante mayoría de los representantes de su género. Y es que, es verdad, eso de aporrear el botón de disparo, acribillando a cualquier cosa que se menee por la pantalla, sin importar su aspecto o condición, no da para muchas extravagancias. De hecho, lo único que hacía que Cabal tuviera un poquito de "personalidad propia" (si es que puede hablarse de algo semejante en un videojuego) eran estas tres cosas: 

- Cosa número 1: que se desarrollaba en pantallas fijas, en lugar de recurrir al scroll y la vista aérea que tan de moda estaban en los dispara-a-todo-hijo-de-vecino de aquellos años (Commando, Ikari Warriors...). Además, para darle un poquito más de originalidad a la cosa, la perspectiva era más o menos tridimensional y desde detrás del protagonista.
- Cosa número 2: ... o desde detrás de los protagonistas, porque podían participar hasta dos personas, simultáneamente. Claro que esto no era tan novedoso pero, para dejar un poco con el culo al aire esa teoría que afirma que los videojuegos son, fundamentalmente, antisociales, resulta que todos los que permiten que varios usuarios participen a la vez, ya sea cooperando o compitiendo, le hacen una gracia loca al personal. ¿Ejemplos? No sé si os suenan... ¿Doom? ¿Quake? ¿Counter Strike? Naaaa... menudencias minoritarias...

- Cosa número tres: ya puestos a jugar a la destrucción, arrasamiento, aniquilamiento, atropello y devastación generalizada, Cabal premiaba el hecho de que los jugadores no dejaran títere con cabeza ni, literalmente, piedra sobre piedra.

Os cuento: el objetivo es limpiar cada pantalla de enemigos. Cada vez que le ubicamos una granda debajo de un empaste a un avieso soldadito enemigo o rociamos a una pandilla de ellos con una generosa ración de plomo, veremos cómo avanza una barra roja en el interior de otra (esta, azul) junto al texto "Foe". Fijaos en las capturas, fijaos... Este panoli está a punto de parecerse a un colador

Bueno, pues se trata de conseguir que la barra roja llene completamente la azul. Y si quitar del medio a un feroz infante logra que nos acerquemos una miaja a nuestro objetivo, no veáis el subidón que produce que derribemos un edificio. Sí señores: ya sea a tiro limpio o con un par de granadas bien colocadas, podemos destruir prácticamente cualquier cosa que aparezca en pantalla. Rocas, torres, chozas, hangares, árboles... la zona puede acabar como un solar. 

Pero reducir a crema de champiñones deshidratada (con tropezones) (ahora también en supositorios) la propiedad ajena no sólo nos reportará ventajas: conforme vayamos despejando la pantalla, los malos tendrán más sitio para aparecer y para traerse incluso un par de carricoches (con cañón y orugas incorporados) con los que seguirán hostigándonos. No os lo toméis a chacota, porque algunas fases pueden terminar literalmente infestadas de malos de todo tipo y comportamiento, respaldados, si es menester, por la aviación (y casi siempre es menester...). 

Siempre podemos resguardarnos de las balas y los bombazos enemigos detrás de los obstáculos que aparecen, en todas las pantallas, en primer plano. Sabia cosa esta, porque un solo impacto nos manda una vida a hacer puñetas. Vaya, que nuestro heroico pacifista no cuenta con un nivel de energía vital que, en el paroxismo del realismo y el afán de simulación computerizada (¿verdad, CodeMasters?) le permite parar un par de misiles aire-tierra con el ombligo desnudo, sin despeinarse si quiera. Pues eso: tratad de usar los parapetos siempre que os veáis apurados. Pero tened en mente dos cosas:

-No siempre son estrictamente necesarios. La detección de colisiones es lo suficientemente generosa (de otro modo, el juego sería infernalmente difícil) como para que las balas no se carguen al protagonista si le rozan en cualquier punto del cuerpo. Curiosamente, si corremos hacia un lado mientras se nos aproxima un proyectil en sentido contrario y no nos da de lleno, nos libraremos de él.

-Nosotros podemos dejar a los malos sin una mala choza, pero ellos también pueden destruirnos la barricada con una facilidad pasmosa. No creáis que son invulnerables.

Qué cosa... he empezado hablándoos de la recreativa original y, como el que no quiere la cosa, he terminado comentándoos su adaptación para el C64. (Bueno, para ser exactos, he empezado hablándoos de una de mis soplapolleces galopantes). Y es que estamos ante una de las conversiones más fieles y efectivas que recuerdo. Salvo por una cosa. La cosa número dos, concretamente: no pueden participar dos jugadores simultáneamente. Una pena. 

 
 
Detallados y sorprendentemente fieles a los de la recreativa original. El hecho de que el juego se divide en etapas que consisten en pantallas fijas (o sea, no en escenarios que se deslizan mediante scroll) permitió que los programadores se esmeraran.

Y a fe que lo hicieron. No sólo se mantiene la personalidad de cada fase y los malos que surgen en cada una de ellas (en cantidades industriales, además y, en muchos casos, bastante bien dibujados y animados, lo que no deja de tener su mérito, porque la mayoría de ellos aparecen en el quinto pino y ya sabéis que en esas condiciones, la resolución no da para según qué aleluyas), sino el detalle (imprescindible, está claro, si se quería hacer una conversión decente) de que casi cualquier cosa que aparezca en la pantalla es susceptible de venirse abajo si encaja el daño suficiente.

El tema musical es más que adecuado. Tiene momentos incluso brillantes, aunque reconozco que son los menos y que, durante casi todo el tiempo y pese a su innegable calidad técnica, es bastante soso y predecible como composición.

Toma crítica cojonuda. ¿A que ha dado la impresión de que tenía idea de lo que estaba hablando? Los efectos de sonido son buenos; eso sí, la mayor parte del tiempo sólo escucharemos el tableteo grave de nuestra ametralladora (especialmente llamativo cuando recogemos alguna de las ventajitas que dejan ciertos malos -o edificios- al caer fulminados por nuestro héroe, y que aumentan hasta lo espectacular su cadencia de disparo -temporalmente, claro-).

Cabal es una de las mejores adaptaciones de recreativa que se lanzaron a finales de los 80. Y tiene su mérito, en serio (lástima que se quedara en tierra la opción de dos jugadores simultáneamente). Por si fuera poco, el juego, en sí mismo, es verdaderamente divertido y adictivo.

Rápido, ágil, gráficamente estupendo, con algunos escenarios muy, muy trabajados y, en general, técnicamente impecable. Vamos, es de esos mátalo-todo que hacen que casi quieras que te guste más el género para engancharte alegremente a él durante horas y horas.

* Buenos gráficos.
* Una buena conversión de la recreativa.
* Muy divertido.
* Que no incluya la opción de dos jugadores simultáneamente.