FICHA ORIGINAL · ARCHIVO MODERNIZADO
Chomp!

Material
COMENTARIO ORIGINAL
La review
DISCLAIMER NAMBER UAN:
Un lepero se encuentra con otro por la calle.
-¡Hombree, Pepee! ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Qué es de tu vida?-le saluda,
haciendo que este chiste comience de una forma de lo más original.
-Pues nada, he estado fuera, estudiando Lógica.
-¿Lógica? ¿Ezo qué eh lo que eh?
-Te lo voy a explicar. ¿Tú tienes un acuario en tu casa?
-Sí.
-Entonces es que te gusta la Naturaleza, ¿verdad?
-Sí.
-Si te gusta la Naturaleza, es que te gustan las cosas bonitas, ¿no?
-Claro.
-Si te gustan las cosas bonitas, entonces, te gustan las mujeres, ¿a que sí?
-Por supuesto.
-Hala. Pues eso es la lógica. Partiendo de que tienes un acuario en tu casa,
hemos deducido que te gustan las mujeres.
-Anda, qué cosa...
El lepero número uno se va rumiando el proceso de deducción lógica y, en esas
estaba, cuando se topa con otro amigo.
-¿Qué pasa, Manolo, qué te cuentas?
-Pues nada, acabo de ver a Pepe.
-¿Ah, sí? ¿Y qué dice?
-Que ha estado estudiando Lógica.
-¿Y eso qué es?
-Te lo voy a explicar: ¿tú tienes un acuario en tu casa?
-¿Yo? No
-Entonces eres maricón.
No, lo digo por si alguien tiene la tentación de pensar que, a estas alturas de
la película, quien comete el desliz de entretenerse manteniendo un acuario en
su casa, pierde una miaja de aceite. Es que, servidor de ustedes, se distrae lo
suyo con sus cambios de agua, sus limpiezas de filtro y su contemplación
vegetativa de tres hermosos merlucines de colorines que boquean y aletean sobre
la mesa camilla de su micropiso alquilado. Y no es que me gusten las mujeres...
es que me pirro por ellas. Desgraciadamente, porque anda que no me dan disgustos
las jodías...
DISCLAIMER NAMBER CHU:
Dos de mis mejores y más viejos amigos son leperos de nacimiento. Y no sólo no
tienen un pelo de tontos, sino que se cuentan entre las personas más agudas que
conozco. Saludos para ambos, AGC y Drizzt.
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Pues sí. Tengo un acuario. Uno pequeñito, como de veinte litros, habitado por tres criaturitas besugáceas que, a fuerza de comer cantidades ingentes de piensos diversos, larvas variadas y demás marranadas deshidratadas, están ya como para pasar por el horno, acompañados por una estupenda guarnición de patatas panadera. Huy, patatas breadbox, jejeje... erm... |
En realidad, esta es la tercera pecera que monto en mi vida. Cuando era
pequeño, en mi casa de Badajoz teníamos una en la esquinilla de la cocina que
los años se encargaron de ocupar con un microondas. Bueno, los años y el
fallecimiento masivo y apocalíptico de la población de aquel acuario de mis
años mozos. Mitad de orandas y mitad de telescopios, esos pececillos tan
simpáticos como repulsivos, con los ojos ridículamente saltones, en forma de
burbuja desaforada. Son como la caricatura de una pescadilla, los pobres.
Y es que, eso es lo que tienen los peces de acuario. Se te mueren a la menor
de cambio, los muy desagradecidos. Afortunadamente, los de agua fría son bastante
más resistentes (y más baratos). Aguantan bastantes más perrerías, perezas y
descuidos por parte del dueño, que los delicadísimos traga-piensos-liofilizados
de vivos colores, habituados al agua caliente. Pues ya ven ustedes. Muy cuidadoso
y paciente debe ser uno para gastarse muchos cuartos en un animalito besugoide
con pedigree, descendiente de una estirpe de sardinillas borneanas a la que,
como no alimentes a base de papilla de solomillo de retinto, servida con cucharita
de plata, te estira la aleta en cuestión de horas.
Mi segundo acuario sufrió un cataclismo de la noche a la mañana, por
negligencia de su seguro servidor. Me esmeraba lo mío en limpiar las paredes de
la pecera, cambiar el agua con regularidad, no pasarme salpicando la superficie
con los clásicos copitos flotantes de colores varios y olor a pellejo de liebre
atropellada hace vaya usted a saber cuántas lunas... pero, vaya por Dios, nunca
caí en eso de "sifonear" el fondo, como dicen los entendidos. O sea,
que la roña aviesa, la caca furibunda y la mierda feroz se acumularon entre la
gravilla ornamental durante meses. Hasta que, hete aquí, una noche le dio por
desencadenar una especie de fulminante reacción química termonuclear que
mandó a los desdichados moradores de la pecera a boquear ante
San Rodaballo, San Lenguado y Santa Pijotita a la Plansha.
Qué asco, señores: el agua se había vuelto blanca y traslúcida, y desprendía
un olorcillo a gallinero superpoblado de lo más desagradable. E imaginen
ustedes hasta qué cotas había subido la acidez, que incluso los peces, que
yacían flotando inmóviles con cara de pasmo repentino (que es la cara que se
les queda a todos los peces cuando palman) estaban... ¡desteñidos!
Afortunadamente, aquello me sirvió para aprender. Y gracias a mis denuedos y mi
esfuerzo... esto... de tres cuartos de hora a la semana, mi tercer acuario va
camino de los tres años en marcha. Y ya que estamos con los treses, lo dicho:
habitado por tres peces de lo más simpáticos que, como sigan creciendo, los muy
marrajos, cualquier día de estos van a evolucionar de golpe y se van a ir por
el suelo del salón, arrastrándose, hasta echárseme encima y merendárseme con
nocturnidad y alevosía.
Siempre me gustaron mucho los acuarios, ya veis. Lo cierto es que es una
afición de lo más distraída. Y aunque quizás algún ecologista coñazo
objete enérgicamente contra la costumbre de utilizar animalitos de colores para
adornar alguna esquina de una casa, lo cierto es que me parece que, como
frivolité ornamental, y siempre que no te pases con la decoración y dejes el
uso de aderezos varios dentro de una sencillez relativa, es algo relajante, agradable y
hasta elegante. Lo que no sé es si esta afición mía (en realidad, una
afición de segunda fila; de relleno, vamos... yo no diría ni siquiera que es un
hobby para mí. Me entretiene, pero nada más) me influyó cuando vi este Chomp!
por primera vez. Me da la impresión de que sí.
Ya sabéis que, a mí, el hecho de que un juego sea más o menos original,
suele traérmela al pairo. Así que si esta chorradita que nos ocupa (¿cuántas
veces habré utilizado esa fórmula tontainas de "este -no-sé-cuántos-
que nos ocupa"?) es, indudablemente, de los títulos más llamativos, por
lo poco usual, que uno puede encontrar en la juegoteca del C64, no me pareció
lo más destacable. Es que resulta: a) Ingenioso y simpático. b) Jugable y
desafiante. Y c) Lleno de detalles divertidos.
Se conoce que el protagonista, un pingajo de habitante de acuario doméstico,
languidece en su pecera con forma de cuenco, en la trastienda de un local de
estos que igual te venden un gato siamés que una iguana mollejuda afgana.
Nuestro objetivo es guiarlo hacia la libertad, saltando de tanque en tanque,
hasta alcanzar la ventana que se abre al exterior, donde fluye un río. Para que
el valeroso pescao reúna las fuerzas necesarias para abandonar su pecera de un
brinco y caer en la que tiene al lado, hemos de conseguir que se atiborre de
comida. Al final, la cosa acaba convirtiéndose en toda una prueba de
supervivencia en el acuario, en el que no sólo nos las tendremos tiesas con un
gato famélico que ya podía meterse la zarpa debajo del rabo, sino con
incluso... ¡tiburones!
Claro que, al principio, la cosa comienza de un modo bastante más sosegado.
En el primer acuario no tenemos nada más que hacer que inflarnos a base de
copitos de marranada disecada y laminada, y ponernos jinchos de insectillos
acuáticos. Cuando el pez engorde lo suficiente, podremos guiarlo hacia la
superficie del tanque y pulsar el botón de disparo para hacer que brinque hacia
el siguiente. Ojo, que la maniobra no se culmina siempre con éxito de forma
automática: si no calculáis bien, el desdichado esbozo de mojarra esmirriada
podría caerse al suelo, o rebotar sobre la tapa de la nueva pecera, o ir a
parar, directo y sin escalas, a las garras del gatuno hambriento y
gamberro.
En realidad, podéis intentar el salto al siguiente tanque sin haber engordado
lo suficiente. No es que esto haga de la maniobra algo mucho más arriesgado...
el problema es que la supervivencia no será sencilla en la pecera de
destino.
| En el segundo acuario, las cosas comienzan a complicarse. Para alcanzar el tamaño necesario para salir de él, nos tendremos que merendar a unos cuantos congéneres. Lo de siempre: "el pez grande se come al chico", y todo eso. O "quien a buen árbol se arrima, cuchara de palo", "hasta el cuarenta de mayo, ladrillazo que te pego" e incluso, ya puestos, "Tamparantán que te han visto Pepe, tamparantán que te han visto Juan". Fíjate tú. | ![]() |
Cuidado, porque los demás pescaditos también pueden endiñarnos algún que
otro picotazo, hasta tragársenos enteros, como si fuéramos un caramelo de
Almendralejo, de esos tan ricos, pero adoquináceos. El caramelo de la semana,
vamos. Te metes uno en la boca el lunes, y ya tienes entretenimiento picamuelas
hasta el domingo.
Al final, la situación se vuelve de lo más interesante, con otros aspirantes a
barracuda desaforada peleando por el suculento mosquitajo de fondo de gravilla y
por el jugoso gusarapo de pedrusco ornamental. Ellos también engordan a marchas
forzadas y se lían a bocados unos con otros. Para que un pez cace a otro, tiene
que atacarle por la retaguardia. Si es de su mismo tamaño o más grande,
digamos que, con la maniobra, conseguirá herirlo o cansarlo. Si repite la
jugada varias veces y el otro desdichado no se alimenta con la velocidad
suficiente, disminuirá de tamaño. El último escalón del proceso consiste en
reducir a la merlucilla despavorida a un tamaño inferior al del pescadito
voraz. Entonces, éste podrá zampárselo entero. Más puntos y, lo que es más
importante, más calorías p'al body escamoso y resbaladizo. Ah, una cosa más:
si no coméis lo suficiente, encogeréis. Y eso no es nada aconsejable, cuando
uno está rodeado de merluzones famélicos.
Hala. Ya ha quedado descrita la mecánica del juego. Es así de sencilla: engorda cual dominguero acodado en la barra mugrienta de un chiringuito
de azulejos cubiertos por densos grumitos apelmazados y amarillentos de grasaza
lubricante de maquinaria pesada (usada indistintamente para sofreír la tapita
de chipirones recauchutados y la racioncita de plastas rebozadas y tiesas,
vagamente pisciformes) y quédate más solo que la una en tu pecera, a fuerza de
engullir a tus vecinos, hasta que alcances el tamaño necesario para brincar
hacia la siguiente... en la que tendrás que enfrentarte a más
obstáculos.
Ahora, permitidme acabar el comentario con una de esas ñoñísimas frases, a
medio camino entre la retórica infantiloide memorizada inconscientemente tras
muchos años de leer los editoriales de La Voz del Patio del Cole, y la verborrea chirriante de los
cronistas de los telediarios modernos especializados en noticias veraniegas de
relleno, y afirmar algo como: "nadie dijo que la vida de un pez de acuario
era cosa fácil".
... ¿qué? ¿a que me he parecido a uno de aquellos redactores de la Commodore
Magazine que analizaban y comentaban los últimos videojuegos, armados con una
especie de ingenuidad conmovedora y empalagosísima? ¡qué horror!
Insisto, ¡menuda retórica de patio de colegio! Bueno, de patio de colegio de
los de antes. Ahora, en lugar semejante, uno debate sobre las tetas de esta
actriz, los implantes de silicona de la otra, compite por ver quién mea más
lejos y determina quién es el más carismático líder y caudillo de la
incipiente manada, a cabezazo, mugido y ladrido limpio. Ahh, qué tranquilamente
podremos mañana depositar, en las recuas de preadolescentes de nuestros días,
las riendas del país...
... en cuanto pueda, emigro. A otro planeta, si es menester.
A todo esto ¿alguien ha dicho alguna vez, de forma sesuda y supuestamente tras mucha y muy honda reflexión, que la vida de los peces de acuario es cosa fácil, sin que se le cayera la cara de vergüenza por gilipollas? Hay otras formas de hacerse pasar por un intelectualoide barato, sin tener que analizar la angustia vital de los Orandas, los Shubukin y los telescopios de ojos saltones. Pregunten, sin compromiso. Razón: aquí.
↑ Lo mejor
* Lleno de detalles ingeniosos, simpáticos y, a veces, hasta técnicamente dignos de aplauso.
↓ Lo peor
* Algún que otro fallejo en los gráficos.



